Éste es su artículo publicado hoy en el diario El Mundo.

Evidentemente, no. Pero van a tener una gobernabilidad sin sobresaltos, ni parones, ni shows continuos. Y no porque Macron sea el líder con el que sueñan todos los franceses. Sino porque su sistema electoral fuerza que sean los electores, y no los partidos -los ciudadanos, y no los estrategas de cada formación- los que elijan las alianzas y representantes finales que les gobernarán.

Se llama segunda vuelta. Así de sencillo. Yo prefiero otro sistema: el de circunscripción uninominal, que permite un control aún mayor por parte de los electores, pues desmonta el poder absoluto del aparato de los partidos para diseñar las listas. Pero, cuando menos, la segunda vuelta hace posible que un aspirante como Macron, con sólo un 24% del voto en la primera vuelta, acabe siendo el presidente con el 66%.

Y la clave está ahí: que no son los partidos los que deciden con quién se alían con tal de ocupar el sillón, haciendo de sus programas una broma y de sus principios, un chiste. No. Son los votantes los que fuerzan esas alianzas, al ser ellos los que eligen en una segunda vue

lta y ser ellos los que marcan el respaldo cruzado de los perdedores de la primera votación hacia los candidatos definitivos en esa segunda votación.

No es el mejor de los sistemas electorales. Pero, claramente, es mejor que el nuestro. Y es que nuestro esquema consiste, simplemente, en que, una vez depositado el voto, convierte al partido receptor en dueño y señor de nuestras papeletas para negociar lo que quiera, con quien quiera y como quiera. Y todo ello, aunque el resultado final no se parezca en nada a lo prometido en la campaña electoral a esos mismos votantes.

Le Pen obtuvo un respaldo de un 21,3% de los franceses en la primera vuelta. Mélenchon, de un 20%. Y ambos populistas, de haber actuado

bajo el sistema español, podrían haber sumado fuerzas para intentar gobernar con otros apoyos o, al menos, convertirse en un grupo de oposición con una fuerza tan evidente que, con alianzas puntuales, podrían haber sido una pesadilla constante para la gobernabilidad de Francia.

Estas elecciones francesas son presidenciales. Y las españolas son legislativas. Pero también es verdad que de nuestras legislativas sale, por elección indirecta, la designación del presidente. Y que de esa incapacidad habitual para gobernar salen buena parte de las tentaciones-acciones que destrozan la gobernabilidad e integridad de los programas.

Ya es hora de cambiar nuestra legislación electoral.

 

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