Por José María Aguilar*

En el artículo anterior hablábamos del diputado de distrito y de su vinculación al distrito electoral durante la primera época de la democracia liberal, describiendo las virtudes y vicios de tal nexo. Nos referíamos principalmente al caso español, cuyas formas de gobierno democráticas han gozado casi siempre de mala reputación entre nosotros. Sin embargo, tales peculiaridades, para bien o para mal, afectaron también a otros sistemas políticos, incluyendo al que se considera en general como el más perfecto desde el punto de vista democrático, el perteneciente a los EEUU de Norteamérica.

Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que, tratándose de cuestiones de «calidad democrática», en todas partes cuecen habas.

El primer sistema electoral que existió en los EEUU, fue el llamado «General Ticket» o «Scrutine de Liste», en el que cada elector disponía de tantos votos como candidatos había en los primitivos distritos plurinominales. Con la temprana aparición de las primeras facciones políticas organizadas, pronto se vio que la representación era monopolizada casi inevitablemente, por una de ellas.

Allí donde había un candidato que gozaba de popularidad, este pedía el voto para sus correligionarios―que hacían lo mismo—, con el fin de que estos obtuvieran también un escaño, de modo que en cada distrito una única facción solía reunir todos los escaños en juego. Esta es una de las razones por las que estos bandos políticos prosperaron y fueron siempre tan mal vistos.

Como consecuencia de ello era fácil advertir que una minoría de electores y de diputados bien organizados podían hacerse con la mayoría de los asientos de la Cámara de representantes, con lo que quedaban desvirtuadas hasta cierto punto las decisiones que se tomaran en ella, ya que la Cámara no representaba «la opinión» de la mayoría de los electores, como pretendía el primer liberalismo.

Así pues, aunque aquella representación «personal» de los comienzos―aún no existían partidos políticos propiamente dichos, pero sí las facciones, que eran contempladas como algo pernicioso―parecía tener indudables virtualidades políticas, con el tiempo mostró insalvables dificultades debido al auge de los partidos.

Este primer modelo electoral sufrió una modificación en los EEUU en 1842, adoptándose el llamado «District System», que es el sistema que sigue vigente en el reino Unido y en los EEUU. A grandes rasgos es el mismo sistema que se impuso en el Reino Unido en 1832. Los distritos se dividieron y eran siempre uninominales. Era mucho más fácil entonces que una minoría de electores obtuviese representación―y que esta la ejerciese un diputado independiente—, si se hallaba concentrada dentro de un territorio, pero el problema, a nivel general, se mantenía: las facciones dominaban la representación

A pesar de que el poder quedaba más dividido o fragmentado, ocurría que, si un partido obtenía la mayoría simple en la mayor parte de los distritos, dejaba infrarrepresentados a la mayoría de los electores en el parlamento.

Una consecuencia importante de este sistema electoral, al que se consideró en parte responsable de la guerra civil norteamericana, es, precisamente, «la polarización y la violencia política».

Otro problema, que se identificó enseguida, al que nos referimos al final del artículo anterior, es el diseño arbitrario de los distritos.

El término, gerrymandering, una curiosa mezcla de las palabras «Gerry» y «Salamander», fue acuñado, tras la delimitación a su favor de los distritos electorales por el gobernador del estado de Massachussetts, en los EEUU de Norteamérica, en 1812, Eldbridge Gerry. El vocablo aludía, precisamente, al trazado arbitrario de muchos distritos con objeto de favorecer a ciertos candidatos, cuyos territorios adoptaban la caprichosa forma de una salamandra o de un dragón.

José Urdanoz Ganuza, en su artículo, titulado «El movimiento por la reforma electoral y la aparición de la representación proporcional», incluido en el libro Participación y Representación política (Manuel Menéndez Alzamora, Editor. Tirant lo Blanch, Valencia, 2009), lo define de la siguiente manera:

«Como es sabido, “Gerrymandering” es el nombre que recibe la delimitación de las fronteras circunscripcionales elaborada con el objetivo expreso de favorecer o perjudicar a uno o varios partidos políticos. El Gerrymandering puede estar presente allá donde existan circunscripciones y los propios partidos sean los encargados de delimitarlas o tengan algún tipo de influencia en el proceso.»

Ya en 1872, Charles Buckalew, un senador de los EEUU, uno de los promotores del movimiento por la reforma electoral, afirmaba que en ninguno de los estados americanos había sido aprobada nunca una ley de districting justa y honesta, «ya que la tentación del partido es demasiado grande para poder ser resistida».

El fenómeno del gerrymandering se viene dando desde entonces en numerosos países con sistemas de gobierno democráticos.

Los críticos del movimiento por la reforma electoral en Norteamérica, del que hablaremos en otro artículo, quienes introdujeron diversas propuestas para mejorar el sistema electoral, identificaron otros vicios democráticos, tales como la «exclusión de los mejores», «la desafección» y la «corrupción», lacras que en realidad, de una u otra forma, se han mantenido hasta la actualidad.

Como veremos en el próximo artículo, el gran debate de fondo de los sistemas democráticos atañe a la idea misma de representación y a la hegemonía política de los partidos, controversia que cruza la historia de la «democracia moderna» desde sus comienzos.

 

*José María Aguilar es oftalmólogo y fundador de DdD

6 pensamientos en “LA REPRESENTACIÓN: IDEAS Y ESPECTÁCULO (V). Los problemas del sistema electoral en los orígenes

    1. Los partidos son facciones oligárquicas, que pueden ser indirectamente, y hasta cierto punto, representativas de clases o grupos sociales, pero no representan al elector, pues la representación verdadera es personal.

    1. Jajajajaja, José Luis. Ojalá tuviera la solución a estas alturas de mi particular reflexión política. Creo que necesitaré muchos artículos más para aproximarme—no digo alcanzar—a la resolución del enigma. La clave creo que está precisamente en el diputado de distrito, en el distrito electoral y en la forma de representación como algo contradistinto del poder político propiamente dicho. El diseño de un nuevo modelo de representación personal, más realista, directo y perfeccionado es básico. Pero hay que ir—es decir, tengo yo—paso a paso en el camino de la comprensión, un largo, difícil e incierto—para mí— camino. (Continuará)

    2. Pero he contestado a otra cosa, me parece. En el próximo artículo trataré de las soluciones que se dieron, ya en la época de la hegemonía de los partidos, imperfectas si no falsas, a mi juicio, la mayoría de ellas.

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