Por José María Aguilar Ortiz*

 

         En el artículo anterior indicamos la gran importancia histórica del diputado de distrito. Es la figura política indiscutible de la primera época de democracia liberal, tanto por su relevante función parlamentaria, legislativa y gubernativa, como por representar «personalmente» a los ciudadanos electores de una porción del territorio nacional y, al mismo tiempo, a los de toda la nación.

         En cierto modo esta doble representación, local y nacional, resultaba muy útil al estar referida al territorio, base o raíz del ordenamiento jurídico-político del Estado constitucional que se trataba de fortalecer. Además, el individuo en esa época se hallaba ligado mucho más profundamente que ahora a su comunidad vecinal inmediata.

         La idea del Estado nacional va unida indisolublemente a la de centralización política. La nación es estatal, comprende un territorio y constituye un cuerpo institucional único o unificado. Las nuevas naciones estatales―o estados nacionales, tanto da, pues son las dos caras de una misma moneda―adquieren su fuerza política, o se refuerzan, mediante la creación de una organización política y administrativa centralizada; en definitiva, tratan de vertebrar un Estado fuerte, bien estructurado, protegido de sus enemigos exteriores e interiores por el ejército y las fuerzas de orden público. El diputado de distrito era una pieza importante de dicho engranaje.

         Como dicen María Sierra y colaboradores, en su libro Elegidos y elegibles (Marcial Pons, Historia. Madrid, 2010): «… todos los aspectos representables del individuo (su clase social, su profesión, sus intereses privados o públicos) estaban, en definitiva, recogidos y contenidos por su pertenencia a un determinado territorio, de modo que la vecindad o el paisanaje podían convertirse en una garantía de la similitud entre representante y representado y en una forma de expresión del interés compartido.

         Después de todo, la nación no dejaba de ser esencialmente una realidad geográfica y el territorio podía vanagloriarse de ser el depositario de un valor tan plausible como la propiedad, que enraizaba al individuo en el seno de su comunidad y lo impregnaba de las virtudes del “interés común”.»

         En suma―concluyen estos autores―, la representación política se concibió hasta finales del siglo XIX como una representación de «los lugares» más que de los «individuos».

         En este contexto, el diputado de distrito ideal era un propietario u hombre acaudalado, cabeza de familia, independiente económica y políticamente, patriota, desinteresado, provisto de unas virtudes morales e intelectuales elevadas. En suma: un ciudadano virtuoso y  esclarecido, es decir, superior intelectualmente, en posesión de grandes y variados conocimientos. En palabras de Felipe de Aner, diputado de las Cortes de Cádiz, los titulares de la representación, es decir, los diputados de distrito, debían de reunir tres cualidades fundamentales: «probidad, patriotismo e ilustración».

Los diputados solían ser en su mayoría hombres de leyes, licenciados en Derecho o abogados―al tiempo que propietarios, empresarios, funcionarios o periodistas―, de acuerdo con las importantes funciones, de orden jurídico, administrativo y político, que habían de realizar en el nuevo estado nacional; cultos y con frecuencia buenos oradores, además de publicistas, escritores o historiadores.

No hace falta decir que sabían hablar, leer y escribir correctamente. Eso se daba por supuesto. Por lo general, eran notables o grandes personalidades públicas. Brillaban en el foro, en el Congreso, en los círculos sociales y en sus lugares de residencia. Hoy, esta institución se halla repleta de diputados anónimos e individuos mudos y sin currículum. Las personalidades escasean y proliferan  las mediocridades.

Contaré una anécdota, expresiva de este hecho lamentable. En fecha reciente, durante el almuerzo fundacional del movimiento Diputado De Distrito, convocado por Lorenzo Abadía,  celebrado en el Centro Riojano de Madrid, uno de los asistentes al acto, que estaba sentado a mi izquierda, el periodista José Carlos Rodríguez, al hablar de las condiciones personales que habría de reunir un diputado, señaló oportunamente que “estos—los diputados―deberían, al menos, saber hablar en público y expresarse apropiadamente”. A nadie extrañó la observación, y todos, naturalmente, estuvimos de acuerdo.

         En el próximo artículo, abordaremos la figura del diputado de distrito en la segunda fase de la democracia liberal, a la que nos referiremos como «democracia de masas o de partidos».

 

*José María Aguilar Ortiz es oftalmólogo y fundador de Diputado de Distrito     

 

 

 

2 pensamientos en “LA REPRESENTACIÓN: IDEAS Y ESPECTÁCULO (III). El diputado de distrito en el horizonte histórico: los comienzos

  1. El Diputado de Partido ha de ser ante todo, un dócil servidor al partido al que sirve. Cualidades como la inteligencia, la cultura, infunden criterio propio y el criterio propio es enemigo, por definición del partido que ha de imponer su criterio.

    Para ser obediente, basta una discreción natural adornada con una ignorancia supina.

    El Diputado de Distrito, ha de competir con otros que aspiran a su puesto. Tendrá ventaja el que brille más, el más culto, el más díscolo, el menos obediente.

    Una de sus principales misiones es controlar al poder para ello ha de enfrentarse a la Administración y al Gobierno, justo en la frontera donde la nación, (los ciudadanos ) luchan contra el Estado (Administración + Gobierno). El diputado de Distrito, está en primera fila de combate.

    1. Es evidente que se necesita una nueva figura política, más independiente, más preparada… y que dé satisfacciones a la afición.

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